Inmune al dolor

A ti. Veamos los colores de los cuadros.




Muchas veces me quedo mirando al vacío desde la cama de mi habitación. Siento que llevo toda la vida en ella, pero un día mis horizontes parecían infinitos. Ahora, lo que parece infinito es el dolor. No sé en qué momento me volví inmune, en qué momento dejé de luchar contra él, en qué momento comenzó a fortalecerme; no podrá conmigo.

Estoy demasiado cansada. Cansada de tener que decir que no, cansada de echar raíces sobre el colchón, de dejar escapar momentos con mis amigas, de tener que decir “cuéntamelo todo” en vez de “tengo algo que contarte”. Tengo tantas cosas por hacer, tantos planes por cumplir, que mis huesos no aguantan con todo. El peso de mis sueños los está destruyendo. Un poco de hierro aquí, otro poco de metal por allá, pero siguen descomponiéndose. Un zapato ortopédico que no me pega con los vestidos, silla de ruedas de vez en cuando, un bastón. ¿Quién soy? Esa es la pregunta a la que trato de responder en la ausencia de mí misma, cuando escapo de mi cuerpo en el vacío de mi habitación.

Me regocijo, lo reconozco, y lo hago repitiendo en mi cabeza la película de mi propia vida, del pasado, de lo que fui. No es que haya tenido un pasado épico, pero siento que era algo. Siento que era un libro con final secreto, que tenía cosas por descubrir, mientras ahora es fácil predecir cómo acabará todo.

Desánimo, pesadillas, insomnio, cansancio, lágrimas… Una y otra vez se repite el ciclo. Y dolor, siempre dolor. A veces suplico a La Nada para que pare, pero por eso se llama Nada.

¿Qué hago? Yo no soy así. Siempre he sabido ver los colores primarios enturbiados por los fríos tonos. Veo el campo de batalla, veo las balas dirigiéndose hacia mí, veo las nubes tapando el sol, los buitres posados en las ramas de los árboles.

¿Cuándo me volví tan ciega? Porque no es solo eso lo que me rodea. Puedo ver también el ejército que me acompaña; está todos ahí, dispuestos a luchar conmigo, dispuestos a morir por mí. Algunos silenciosos, otros demasiado expuestos, pero todos a mi lado. Y las balas… Pobres de ellas si deciden rozarme, porque mi piel está hecha de acero, fortalecida con los golpes y las guerras ganadas, y dentro de esa piel hay una mente mucho más poderosa que ningún proyectil. Y aunque las nubes me tapen el sol, aún alcanzo a ver los rayos que iluminan un horizonte que aún me aguarda.

La vida es un juego de guerra, con periodos de paz y de lucha. Si tengo que cargar las armas, cuidado; soy una heroína.







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