Mi trasplante parte tres: mamá.

Pinchando aquí podéis leer la primera parte de la historia.

Pinchando aquí podéis leer la segunda parte de la historia.

Eran las 2:00 de la mañana de un 30 de marzo. Las puertas del quirófano se cerraron y mi familia quedó atrás. En ningún momento me paré a pensar que podía morir. En realidad, solo pensaba en la anestesia. Nunca me habían operado de nada, y no sabía cómo me sentaría. César me había dicho que era como cuando te acuestas en cama súper borracho después de una noche de fiesta.

-¿Puedes levantarte para pasarte a esta cama? –me preguntó la enfermera, señalando la mesa de operaciones bajo un foco que casi me deja ciega.

-Mira que me hacéis trabajar… -les respondí sonriente.

-Ahora tienes que sentarte y te vamos a poner la epidural –me dijo el anestesista. Y así lo hicieron. No me dolió o, si lo hizo, no lo recuerdo.

-Oye, ya que os ponéis a abrirme el pecho y tal, ¿me podéis poner un poco de tetas, de paso? Aunque sea meterme unas gasas para hacer bulto, o algo –bromeo. Comenzaba a sentirme bastante drogada. El equipo se rió.


Una rejilla de esas del conducto de ventilación. Fue lo primero que vi al despertar. La miré fijamente y me pregunté dónde narices me encontraba. “Joder, es cierto, ¡que me han trasplantado!”, pensé, “¡Y estoy viva!”. Pero no me podía mover. Había médicos que me exploraban, y comencé a sentir un calor enorme. Me asaba. Traté de quitarme las mantas con los pies, pero no era capaz. Mi cabeza funcionaba perfectamente, pero el cuerpo no respondía.

-Le están dando convulsiones –dijo un médico.

-“¡Qué no, que no son convulsiones! ¡Qué tengo calor!” –pensé. Pero no podía hablar. Los médicos siguieron examinándome para averiguar porque me movía así-. “Vale, Andrea, quédate quieta, a ver si van a pensar que te ha dado algo chungo”.

Al cabo de un rato pude moverme y fui más consciente de la situación; me encontraba en reanimación, entubada (por lo que no podía hablar), con dos drenajes a cada costado, una sonda en la nariz para alimentación y otra para orinar, monitorizada, un catéter en el cuello, y atada a la cama para no alborotar todos los cables. Vamos, que todo mi ser se redujo a cables. Pero no sentía dolor (pobre de mí, la que me esperaba).

Los médicos me trajeron una pizarra para poder comunicarme con ellos.

-¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras?

-Agua –escribí. Jamás en mi vida había sentido la garganta tan seca y tanta sed.

-No puedes beber, estás entubada. –Borraron la pizarra y me la dieron de nuevo.

-Agua –volví a escribir.

-Que no puedes beber –dijo alguien con una media sonrisa.

-Calor –escribí. Y al fin me quitaron las putas mantas.

Mi madre entró vestida como un pitufo verde, con la mascarilla y el gorro que hacía apenas unas horas yo también había llevado. Pensé en ella y, por primera vez, me dio miedo morirme. No por mí, sino por ella. Una madre no debería enterrar a un hijo nunca, yo no podía hacerle eso. Porque ella también estaba enferma conmigo, en cierto modo. Ambas nos habíamos operado aquella madrugada, y ella había sufrido más que yo. En realidad, muchas personas se habían operado conmigo ese día.
Mi tía, yo, mi madre.
-¿Qué tal, mi cariño?

-Estoy viva. Te quiero –escribí.

-He hablado con el doctor, ha dicho, literalmente “los pulmones eran excelentes, ha sido una operación de manual”. Dicen que a veces hay complicaciones con no sé qué del corazón, que puede ser habitual, pero a ti no te ha pasado nada de nada. Todo genial, mi cariño.

Hacía tiempo que no la veía llorar de felicidad. O simplemente feliz. La veía fingir ser feliz, y yo fingía que me lo tragaba, pero ahora era verdad.

Los médicos volvieron más tarde y me desentubaron. No sentí dolor alguno, porque aún quedaban rescoldos de anestesia. Solo estuve unas horas con el tubo, y era una sensación extraña, porque notaba como el aire entraba por mi garganta, secándomela dolorosamente.

-Agua –quise decir, pero no me salía la voz.

-Aún no puedes beber hasta dentro de un rato. –Una enfermera me mojó los labios con una gasa, y tuve que conformarme.

Solo podían visitarme una hora al día y dos acompañantes como máximo, así que mi madre se marchó pronto y me quedé sola, pudiendo analizar mejor el entorno. Reanimación es lo peor que he vivido en el hospital: no es una habitación, es un cubículo en forma de “U” en el que te meten, a vista de todo aquel que pase por el pasillo, desnuda, con las luces encendidas las 24 horas del día, donde no te puedes mover, la cama no tiene mando, no hay timbre para llamar a las enfermeras, ves a los familiares de otras personas pasar a ras de tus pies... Y otros horrores que mi mente ha borrado. Pero tengo suerte. Tengo suerte porque me caigo muy bien a mí misma y disfruto de la soledad. No, ahora en serio, tengo mucho mundo interior, constantes ideas, planes, pensamientos e historias que me entretienen y me convierten en una persona que no necesita atención ni apoyo constate, sé autoconsolarme bastante bien, así que el tema de la restricción de visitas no me afectó, pero creo que debe de ser muy duro para los que necesitan a alguien al lado continuamente.

Médicos, enfermeras, y vete tú a saber quién más venían de vez en cuando. Era gracioso, porque yo no me acordaba de ninguno de ellos, y ellos me llamaban por mi nombre y me gastaban bromas, y yo fingía que las entendía y que me enteraba de algo, pero no sabía quiénes eran esas personas. Los dos primeros días no sentí dolor porque los efectos de la anestesia aún duraban. Estaba bastante drogada. Recuerdo que le dije a mi padre “Pa, esto está siendo mucho más fácil de lo que me esperaba”. Pero llegó el tercer día y con él, el dolor.

7 días. 7 largos días estuve en reanimación. Entre los que tuve que vivir la muerte de mi compañera de al lado, junto a los llantos de su familia al ver el cadáver. Comencé a tener alucinaciones a causa de la medicación, y me parecía escuchar música en gallego a todo volumen, aunque eso no es nada en comparación a otras alucinaciones que me han contado mis compañeros (que se les incendia la cama, que todo se llena de agua…). Me quedo con la música en gallego.

El pecho me ardía y no me sentía las tetas (que, por cierto, no me aumentaron los muy malvados, ya me podía haber metido un par de calcetines). Sentía como una bola de fuego me quemaba. Y sentí la necesidad de toser. Tenía una flema en el pulmón, solo una, pero no me encontraba con fuerzas para echarla. Intenté toser y la flema subió, pero se quedó en la garganta y comencé a asfixiarme. No podía respirar, ni toser, sentía arder el pecho, como si se me fuera a abrir en dos por el esfuerzo. Había un médico a mi lado, al que no había visto antes ni volví a ver.

-Tranquila, trata de respirar –me dijo mientras me miraba.

-“¡Me estoy ahogando hijo de puta!” –pensé mientras le hacía aspavientos con la mano.

-Respira por la nariz y echa por la boca.

Rápidamente vino una enfermera con un aspirador que me introdujo por la garganta y aspiró toda la mierda llena de sangre que pudo. El aire volvió a entrar lentamente en mis pulmones.

-Bueno, ya pasó –dijo el médico. Y se fue (esperemos que al infierno).

-A veces los médicos no están preparados para estas cosas. Pero para eso estamos las enfermeras –me dijo la sanitaria.

Lo peor era la hora del “baño”. El dolor era infinito. Imagínate al Doctor Octopus, el de Spiderman (que friki soy), pues esa era yo con los drenajes en los pulmones. Me lavaban en la cama, me ponían de un lado sobre los drenajes, la espalda, y luego del otro lado. Dolor. Frío. Dolor. Frío. Dolor. Frío. Dolor. Dolor. Dolor. Ganas de morir. Pero no mueres.

La palabra dormir desapareció de mi vocabulario. Y comencé a descender a los infiernos de la apatía, de no querer ver a nadie, de no querer reír, de no querer estar viva.

Y el trasplante comenzó a parecerme un error. Qué estúpida por pensar eso.


Continuará...





2 comentarios:

  1. Madre mía, lo tuyo no tiene palabras para describir por lo que has pasado. Esa fuerza y coraje en como enfrentas la situación. Ese mundo interior tuyo... Sigue potenciándolo ya que si en el reside el poder :). Enhorabuena. Eres un ejemplo para muchos otros que al verse en situación similiar y contarlo en cierta forma lo vuelves más cercano, comprensible... Gracias. Como siempre al leerte estalla en mi una bomba de sentimientos.Andrea vilariño eres grande.

    ResponderEliminar
  2. Qué fuerte eres, Andrea. Y ante tal situación no pierdes el sentido del humor. Que te vaya muy bien y sigue escribiendo. Pero los hijos de puya no te metieron los calcetines. Me cachis. Muchos besos. Eres un ejemplo a seguir, luchadora.

    ResponderEliminar