¿En qué momento empezamos a odiar a alguien a quien hemos querido?



¿En qué momento empezamos a odiar a alguien a quien hemos querido? Porque yo lo quise, o eso creo. Creo recordar que lo quise, pero ya no me acuerdo de cómo se hacía eso de querer. Es como cuando sabes que has visto una película, pero no tienes ni idea de qué trata. O como cuando has conocido al novio de tu amiga tiempo atrás y recuerdas que te parecía feo, aunque no lo reconocerías por la calle si lo vieras. No importa, sabes que viste la película y sabes que ese tío era feo. Pues yo sé que lo quise, aunque no podría dar más detalles al respecto; no sé por qué, ni cómo, ni cuánto tiempo.
Supongo que no debería importarme nada de esto, que ese imbécil debería seguir siendo un fantasma cuya cara me resultara imposible de imaginar de manera distinta a un espectro distorsionado, pero el destino suele tener la costumbre de reírse de mí. Ya ves, tres años después de romper con él… No, miento, tres años después de que él rompiera conmigo, coincidimos trabajando en un hotel de Ibiza. Lo peor es que nos hospedábamos ahí durante los tres meses que duraba nuestro contrato basura. Pero es no es todo: su habitación estaba al lado de la mía, teníamos los mismos horarios y hacíamos el mismo trabajo. Y él tenía novia y yo no. Eso era lo que más me fastidiaba. No quería que pensara que mi vida sentimental había terminado después de conocerlo.
Para ponerte en antecedentes, rompimos y no volvimos a hablar nunca más. Bueno, tuvimos un mes al que yo llamo vulgarmente “el mes de luto”, en el que sí que hablábamos. Hablábamos, nos insultábamos, follábamos y volvíamos a insultarnos. Ah, y también había objetos voladores de por medio. Una vez le tiré un zapato, y él decidió que la mejor venganza era borrarme del Facebook (porque era un malote). Con el tiempo, yo cambié de número de teléfono, y no volvimos a saber nada más el uno del otro. Pero nada, nada.  Llegué a pensar que se había muerto de cáncer o algo así. O de cualquier otra cosa. Porque no podía ser que hubiera desaparecido de la faz de la Tierra.
Me di cuenta de que borrar a alguien de tu vida es muy difícil. Pero no me refiero a sentimentalmente hablando. Nos borramos del Facebook, dejamos de seguirnos en twitter, los números de teléfono, los amigos en común, las fotografías por toda la casa… Asesinarlo habría sido más sencillo. Porque cuando tu novio se muere, nadie te va diciendo “ya me he enterado de que tu novio se ha muerto”. Lo omiten, te miran con cara de pena, y ya está. Pero cuando se enteran de que habéis cortado… la cosa cambia, y te ves rodeado de “ya me he enterado de que lo habéis dejado…”, “vaya, que pena, con lo felices que parecíais”, “hacíais muy buena pareja”, “hay más peces en el agua, aún eres joven”. Y una larga lista. ¡Anda y que les den por el culo!
Y ahí estaba, vivito y coleando. A ver, no me malinterpretes; no es que quisiera que se muriera, pero tenía la esperanza de que hubiera descubierto vida en otro planeta y se hubiera mudado. El caso es que, cuando lo vi, sentí una sensación que no sabría identificar. Como cuando ves a un famoso tipo Brad Pitt, que no crees que sea real. Quizá el ejemplo esté mal aplicado; no te vayas a pensar que mi ex está súper bueno, ni nada parecido. Por lo que cambio a Brad Pitt por… ¿Charlie Sheen? Porque mi ex también era un borracho mujeriego.
Nos hicieron una prueba grupal para aspirar a un puesto en el bar del hotel. Deseé que no lo seleccionaran, pero lo hicieron. Y a mí también.
–Parece que vamos a trabajar juntos –me dijo el día que coincidimos de nuevo para firmar nuestros respectivos contratos. Empezábamos al día siguiente. Fue lo primero que me dijo después de tres años sin hablar. Ni siquiera me saludó el día de la prueba.
Si tuviera que resumir esos tres meses en un titular, sería algo así: “Pareja de ex novios compiten por el mayor número de orgasmos con el mayor número de amantes”. Quizá sea un poco largo, pero es un buen resumen. Porque te aseguro que en mi vida había follado tanto como esos tres meses. Ni tanto, ni de tantas maneras, ni en tantas posturas, ni con tantos hombres. Sobra decir que a él le daba igual tener novia, porque la pobre ingenua  no iba a enterarse de nada. O eso pensaba él.  
Sí, sería fácil dejarlo todo en ese titular, pero para la policía no era suficiente. Me hicieron contarlo todo con pelos y señales, desde el principio. Cuando hay un cadáver de por medio, no puedes escatimar en detalles.
¿En qué momento empezamos a odiar a alguien a quien hemos querido? Creo que a partir de ahí –cuando intentamos ocultar un cadáver juntos–, es cuando comencé a odiarlo. Pero también fue a partir de ahí cuando empecé a recordar por qué lo había querido.
Todo empezó cuando se ofreció a ayudarme a subir el equipaje a mi habitación…


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