Relato "Días claros: Hasta que la muerte nos separe"


He tenido mucho tiempo para pensar. En realidad, casi toda mi vida, y aún no he llegado a ninguna conclusión. En contadas ocasiones he sido realmente libre. Y me refiero a esa clase de libertad en la que puedes elegir qué camino tomar por ti mismo sin ser determinado por nada ni por nadie. Una sombra manipuladora, esa fuerza invisible me ha acompañado, de un modo u otro, desde que tengo uso de razón. Pero dicen que hasta en el más oscuro agujero, se abre paso un pequeño rayo de luz. En mi caso, ese ápice de esperanza se presenta en momentos en los que mi mente logra disipar toda la niebla que hay dentro de mí y puedo ver la claridad de mi entorno, que es cuando siento que formo parte del mundo real, por muy imperfecto que éste sea. Hoy sería uno de esos días.
Podría pasarme el resto de mi vida tratando de explicar qué me sucede, pero no llegaría a sacar nada en limpio. Supongo que tendría que empezar a hablar como en esas reuniones de alcohólicos anónimos: “Hola, mi nombre es Lucía, y soy una mujer maltratada”. Se escucharía un aplauso con ánimo de apoyarme, yo notaría la lástima que los presentes sienten de mí, y me marcharía para casa, con la misma situación con la que llegué. Para mí, ahí se terminaría el resumen de mi vida. Pero no, los médicos querían más. Necesitaban obtener respuestas al por qué, al desde cuando, al por qué lo permito, y a muchas otras preguntas. Sí, Aron me golpeaba siempre que lo consideraba, y yo no hacía nada por impedirlo, pero al fin y al cabo, era decisión mía que las cosas continuaran así. Nunca había pedido ayuda a nadie, porque no la necesitaba. De todas formas, ahí estábamos mi marido y yo, tratando de ser analizados por una psicóloga, como todas las semanas.
Estábamos en una sala nueva, pero la doctora era la misma. Parecía como si yo no estuviera ahí, ya que no hacía más que tratar de hablar con Aron de una forma civilizada. Yo me dedicaba a observar a mi marido. Era esa clase de hombre retrógrado, agresivo, impulsivo e imperfecto. Lleno de rabia hacia todos, hacia esa mujer que le hacía preguntas. ¿Acaso no se daba cuenta que por su culpa estábamos ahí?
–¿Por qué lo hace? –le preguntó la doctora– ¿Por qué golpea a su esposa?  Si habla conmigo, podré ayudarle a solucionar su problema, créame.
Permaneció callado unos instantes, con su mirada penetrante y helada clavada en el rostro de esa frágil mujer. No hacía falta que Aron dijera nada, porque sabía en qué pensaba sólo con mirarle, como si pudiera leer su mente. Deseaba saltar sobre ella y agarrar su fino cuello con fuerza hasta que dejara de moverse y cerrara el pico de una vez. Pero las tres personas que ocupábamos la habitación, sabíamos que era inútil intentarlo. Incluso él. Hizo un cortísimo forcejeo contra sí mismo para deshacerse del odio que le invadía, tan sólo durante un segundo cargado de ira, y trató de aparentar serenidad ante lo inservible de su esfuerzo, como si pudiera engañarnos, hacernos ver que todo era normal en él, que no le pasaba nada ni sentía nada. Traté de que nuestras miradas se encontraran, pero ni siquiera era capaz de mirarme.
–¿Cree que puede juzgarme sin conocerme? ¡Usted no sabe cómo es ella! –exclamó y, de nuevo, trató de calmarse–. Es insegura, débil, inestable. ¿Y sabe qué? Yo tengo que soportar todo eso de ella, cuando llora, cuando se encierra en el baño huyendo de fantasmas que no existen. Entonces la golpeo, su cabeza contra la pared, con lo primero que encuentre. Le hago pequeños cortes para recordarle que sigue viva, que nada es un sueño, para que cuando los vea, recuerde que sigo aquí. ¡Es así como la educo!
Se produjo un nuevo silencio. La doctora permaneció inmóvil. Había visto a mi marido alterado en muchas otras ocasiones, y ya no le afectaba escuchar esa clase de comentarios. Ella tenía el poder.
–¿A qué se refiere cuando dice que nada es un sueño?
Su rostro dibujó una media sonrisa. Adelantó su cuerpo unos centímetros y, en un turbio susurro, respondió a la pregunta.
–Ni su vida, ni yo. Ella necesita sentirme, para que no vuelva a repetirme jamás que no soy nadie, que no estoy ahí con ella. Porque sí que estoy, formo parte de ella y no puede echarme de su vida sin más, porque siempre estaré al acecho.
Sus palabras no me dañaban. Lo cierto es que cuanto más furioso estaba, más esperanza me invadía a mí. Soñaba con que algún día no pudiera parar, con que cesara el sufrimiento para escapar de ese largo cautiverio. Con que acabara conmigo, porque sería la única forma de hacerlo desaparecer a él también. Ambos sabíamos que sin mí, él no era nada, y todo ese poder del que él disponía, se extinguiría para siempre si yo desaparecía.
Miré por la ventana, e imaginé como sería mi vida si fuera libre. Estaba lloviendo. Me encantaba la lluvia y el sonido que ésta hacía al chocar contra el cristal. Detrás de la vidriera, se encontraba un mundo que desconocía. Era consciente de que existía algo más allá de Aron y de mí, pero me daba miedo no poder encajar en ninguna parte. Temía que las personas que formaban parte de ese mundo, tuvieran miedo de lo que soy, de en lo que Aron me había convertido, y huyeran de mí. En alguna ocasión, la doctora pensó que sería buena idea que hablara con alguna mujer que hubiera pasado por lo mismo que yo, y que había logrado tener un final feliz. Era parte de la terapia, así que no pude negarme. Poco recordaba de la conversación que habíamos mantenido. Más que conversación, podría definirla como un monólogo en el que no participé. No me gustaba demasiado hablar.
–Sé cómo lo has tenido que pasar –me dijo la mujer–. A mí me sucedió lo mismo. Conoces a un hombre que parece ser perfecto, te enamoras, y descubres que en realidad no sabes nada de la persona con la que estás compartiendo tu vida…
Las primeras palabras de esa mujer me habían hecho pensar, que si hasta en el grupo de las maltratadas, yo era un bicho raro. Yo sabía exactamente como era Aron desde el primer momento que lo vi. Mi opinión sobre él no había variado en ningún momento, y nada de lo sucedo me había tomado por sorpresa. Casi desde el principio de nuestra relación me había golpeado. Ni siquiera era capaz de recordar la primera vez. Quizá si le confesara eso a la gente, dejarían de sentir lástima de mí.
–¿Puedo hablar con Lucía, su esposa? –preguntó la doctora, cortando el hilo de mis pensamientos, que estaban ya muy lejos de ese lugar.
Había llegado mi turno. El momento en el que la doctora trataría de convencerme de que podía sobrevivir sola en ese mundo que no conocía.
–Haga lo que quiera –accedió Aron.
–¿Lucía? –me preguntó, como si quisiera cerciorarse de que era yo y no otra.
–Dígame doctora.
La misión que ella pretendía llevar a cabo, consistía en comprender por qué Aron se comportaba así, para tratar de curarlo. Yo sabía que era inútil. No era como los demás maltratadores. No me golpeaba en momentos de ira. Sólo lo hacía cuando creía que me lo merecía, calmado, como un castigo, como un correctivo ante mi conducta. Siempre me explicaba el por qué, y su voz sonaba familiar y tranquilizadora. “Mi vida, sabes que te quiero, que eres lo más importante para mí, pero tengo que hacerlo, es la única forma de que aprendas a vivir en este mundo lleno de personas crueles, es la única manera de que puedas sobrevivir, y seas más fuerte que ellos”. Entonces comenzaba la paliza. Sin gritos, sin llantos, sin ruegos. Porque yo sabía que tenía que ser así.
–¿Por qué no se ha casado formalmente con su marido? –me preguntó, acomodándose en su cómoda silla–. Lleva con él desde los veinte años. Nueve años juntos, nada más y nada menos.
–Él no es religioso. No cree en Dios ni en el matrimonio.
–¿Cómo se conocieron?
No era la primera vez que me hacía esa pregunta. Después de tanto tiempo haciendo terapia con esa mujer, era difícil ser original a la hora de hablar sobre mi vida. Un día sí y otro también, los tres nos sentábamos en esa habitación y repasábamos nuestra vida una y otra vez. Pero ella no se cansaba de oírlo.
–Mi madre murió en el parto. Desde entonces me crie con mi padre, porque no tenía a nadie más en el mundo. Me golpeaba cuando bebía. Pero él era completamente distinto a Aron, lo hacía porque sí, porque le apetecía, porque le excitaba. Todo era un auténtico caos. Algunas noches quería oírme gritar, necesitaba que le rogara que parara, necesitaba que yo le ayudara a recordar que aún tenía dominio sobre alguien. Un domingo, nos dirigíamos a la iglesia y tuvimos un accidente. El coche se salió de la carretera y nos caímos ladera abajo. Mi padre falleció en el acto, y a mi me trasladaron al hospital, donde trabajaba mi marido como médico. Ahí  lo conocí, el mismo día que perdí a mi padre. Me dijo que cuidaría de mí, y así ha sido desde entonces.
–¿Le perdona que le pegue?, ¿lo justifica? No veo ninguna situación en la que él haya cuidado de usted.
Esperé una reacción agresiva por parte de Aron ante sus palabras pero, extrañamente, parecía calmado, ausente.
–Nunca he tenido a nadie a mi lado, siempre me he sentido sola hasta que lo conocí. He hablado con muchas personas en todos estos años, personas que no nos conocen, que quieren buscar un por qué, que dicen que quieren ayudarnos, pero es inútil, yo ya he llegado a comprender eso. Y nos juzgan, usted nos juzga. Todo el mundo se plantea la misma pregunta: ¿Cómo es capaz de pegar a su mujer? Y piensan “¡Yo nunca lo haría!” Y lo cierto, es que yo tampoco, yo jamás pegaría a mi marido, ¡ni a nadie! Pero la respuesta que buscan, es sencilla, simplemente ¡porque él es así! ¿Por qué quiere cambiarle? Es usted la que tiene que comprender que las personas nunca cambian. Quizá logren ocultar lo que son y nos engañen durante un tiempo, pero todo acaba emergiendo tarde o temprano.
–No hay peor ciego, que el que no quiere ver –recitó inclinándose hacia delante y apoyándose sobre la mesa–. Lucía, tiene que darse cuenta de que se está haciendo daño a sí misma diciendo todas esas cosas, y hasta que no comprenda eso, no podrá irse de aquí, hasta que no sea capaz de ver la realidad, no podrá marcharse.
–¡Qué tengo que hacer! –le grité. Sólo quería que me dijera lo que necesitaba oír, que me diera la fórmula para liberarme de todo lo que me rodeaba, y diera por finalizado ese continuo interrogatorio al que nos tenía sometidos.
–Lo único que tiene que hacer, es dejarle marchar –me respondió con voz suave, tratando de transmitirme la facilidad de sus palabras y el buen futuro que esto me traería.
A pesar de todo, yo le amaba, y él no quería irse. Jamás lo haría, me lo había prometido. No podría vivir sin él, sin su ropa minuciosamente ordenada en los cajones, limpia e impoluta como si nadie se la hubiera puesto jamás. Sin sus caricias suaves y delicadas frente al espejo, con unas manos finas y apenas gastadas, mientras me juraba al oído lo mucho que me amaba, con una voz fina y sutil, pronunciando exactamente las palabras que yo quería escuchar. Nadie sabría hacerme el amor como él. Me conocía, sabía exactamente cómo tenía que hacerlo, cada paso a seguir, dónde tocar. Mi cuerpo era para él como la palma de su mano, como un libro abierto. Me conocía mejor de lo que me conocía yo a mi misma. ¿Cómo iba a encontrar a alguien mejor?
–¿Lucía? –pronunció la doctora, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos–, ¿Es usted?
Miré detrás de mí, esperando ver a alguien a quien pudiera dirigirse. Mi marido permanecía callado, con el entrecejo fruncido.
–¿A qué se refiere con si soy yo? No entiendo la pregunta –reconocí.
–¿Recuerda la primera vez que estuvo aquí, la primera vez que hablamos hace nueve años? ¿Sabe por qué la trajeron? –esperó una respuesta, pero no la obtuvo–. Su padre perdió el control del vehículo porque alguien le estaba estrangulando desde el asiento trasero del coche. Pero ahí sólo estaban usted y él. Fue usted, usted hizo que se estrellaran, y después se trasladó al asiento del copiloto. Claro, que no tuvimos pruebas para demostrarlo, y la dejamos marchar.
–¿Pero qué está diciendo?, ¿ha perdido el juicio? –no entendía por qué me estaba acusando de algo que no había hecho, y que no tenía nada que ver con mi relación con Aron.
Comencé a sentir algo dentro de mí, una fuerza sobrehumana que luchaba por salir, que me inmovilizaba, que me impedía reaccionar.
–¿Y la segunda vez que nos vimos tres años después?
Por unos instantes, sentí como si el tiempo se detuviera. La presión desapareció, y mi mente trató de dilucidar el asunto. Recordé la ambulancia, y mi ropa llena de sangre. Mi marido también estaba ahí. Su mirada estaba clavada en la mía. Callado, frío, atado de pies y manos, sin moverse. Completamente tranquilo y con media sonrisa dibujada en el rostro.
–Fue infiel a su marido. Hace seis años, ¿lo recuerda?
Mi cuerpo comenzó a temblar tras la oleada de información que se escondía en los rincones más ocultos de mi memoria, y me invadió durante unos segundos una risa nerviosa. Recordé un nombre, como si hubiera sido un sueño, una película en la que los protagonistas eran otros, como una historia completamente ajena a mí.
Víctor. Cerré los ojos y lo vi todo: su sonrisa, sus caricias, sus manos varoniles y ásperas, su voz masculina. El cubículo se transformó en la oscuridad de mis pupilas, y se convirtió en una habitación de hotel en la que, seis años atrás, me había atrevido a pensar que podía ser libre y formar parte de un mundo corriente, rodeada de gente corriente. Víctor me prometía un futuro mejor, pretendía que me fuera con él, que abandonara a mi marido. Y como de la nada, Aron apareció. No fui capaz de darme cuenta de cuándo entró, de cómo, pero estaba ahí. Comenzó a golpearle con un objeto contundente, y no estaba dispuesto a parar hasta verlo muerto. Después de esas imágenes, que resurgieron de mis recuerdos como diapositivas de la vida de otro, de toda la sangre y de los gritos, llegaron las luces y las sirenas. En ese momento, comenzó para mí una vida rodeada de un blanco impoluto, de un lugar donde no había cabida para los cordones en los zapatos, las anillas en las libretas o los cubiertos metálicos.
–¡Sí, maté a ese cerdo! –confesó mi marido–. ¡No iba a permitir que se acostara con mi mujer!
–No, no lo hizo –le corrigió la doctora–. Fue Lucía. Ella lo mató, igual que a su padre.
–¿Qué? ¿Lucía? ¡Ella jamás haría eso! ¡No tiene lo que hay que tener para enfrentarse a nada! Es débil, frágil, prácticamente inservible. ¡Por eso me quiere a mí, porque soy todo lo que ella no es!
–Usted no es nadie Aron, ni siquiera existe, no tiene rostro, no es nada.
–¡Maldita zorra! ¿No me ve? ¡Estoy aquí!
La doctora deslizó la silla en la que se sentaba mi marido y la posicionó frente a un espejo que descansaba en una de las paredes de la habitación.
–Mírese, vea quién es en realidad.
Inmediatamente, mi rostro se vio reflejado en él.
Aron se quedó en silencio, y dejó de existir durante unos segundos, en los que pude ver que sólo éramos dos personas en la habitación; La doctora, y yo. Vi mi perturbada imagen, y apenas me reconocí.
–Lucía, ¿es usted? –repitió de nuevo. Ahora, su pregunta cobraba sentido.
–Sí –respondí en un susurro.
–Su marido no existe, es sólo producto de su imaginación, vive dentro de usted –manifestó ante la evidencia–. Cuando su padre murió, se dio cuenta de que estaba sola, que no podría vivir sin esa figura autoritaria a la que estaba acostumbrada, pero era tarde: las personas no regresan de entre los muertos. Así que lo creó a él. Logró librarse de Aron durante un tiempo, cuando dejó entrar en su vida a Víctor. Claro que él no sabía la clase de problemas que usted tenía–. Hizo una pausa a la espera de mi reacción, pero como no obtuvo ninguna, continuó–: Usted lo mató, a la única persona que de verdad la amó, que estaba dispuesta a salvarla de un maltratador que no existía. Es usted quien se autolesiona, se hace esos cortes. No hay nadie más aquí que usted y yo.
–Que absurdo, ¿acaso insinúa que estoy loca? –le pregunté siendo abordada de nuevo por esa risa nerviosa que me invadía cuando no lograba encontrar una salida, cuando me sentía acorralada, sin argumentos, sin pruebas para defender mi verdad.
–No está loca, sólo tiene un problema que tenemos que resolver, pero para ello tiene que querer curarse, pasar página para poder salir de aquí. Seis años encerrada es mucho tiempo.
Volví a mirarme en el espejo con la esperanza de que el moratón y los arañazos que yo misma me había hecho ya no estuvieran, pero seguían ahí. Busqué a Aron, pero no lo encontré, no estaba. Porque era cierto, no existía.
Creí que había desaparecido, pero entonces lo vi, reflejado en el espejo con gesto insosegable. Había vuelto, me había encontrado de nuevo, esa brecha dentro de mí por la que él se colaba y me poseía, aprovechándose de ese rechazo en mi mente a sentirme sola, abandonada. Cada vez que él aparecía, sentía esa inexplicable sensación de  superioridad, de fuerza, de poder. No quería renunciar a nada de eso, porque me gustaba. No me importaba sentirme encerrada, a pesar de todas esas personas que ahora me rodeaban, preocupadas por mí, por mis gritos, por mis forcejeos, por mis nulos intentos de deshacerme de la camisa de fuerza. Pobres necios, ni siquiera se dan cuenta de que no quiero librarme de ella porque, si quisiera, lo haría. Aron lo haría, porque él puede hacerlo todo. Lo único que pretendo es librarme del odio que siento hacia mí misma, hacia todo el mundo, excepto hacia él.
Sí, ese era uno de los pocos días claros en los que, durante unos segundos, la cordura se implantaba en mi frágil mente, en la que los recuerdos son tan claros e inequívocos, que no me dejan otra alternativa que reconocer quién soy. Y quién no soy. Durante esos instantes, me invaden cientos de imágenes. La ropa de Aron, que parecía tan impoluta, después de tantos años, todavía conserva la etiqueta. Mi propia mano acariciando mi rostro. Mi instinto saciando las necesidades de la carne a la perfección, siempre en el momento y el lugar oportuno, como un mapa que sólo yo puedo conocer. La mirada ensangrentada y llena de incomprensión de Víctor mientras le golpeaba con una fuerza inexplicable, y sus gritos pronunciando mi nombre y rogándome que parara, sin ser capaz de defenderse, por la desgraciada fortuna que le tocó vivir al enamorarse de mí. Recordé también mi propia voz, rogándole entre lágrimas que perdonara a Aron, a alguien a quien sólo yo podía ver, explicándole que no podía evitarlo, que no era capaz de pararlo. Eran contadas las ocasiones en las que comprendía la realidad, pero nunca era capaz de responder a mis propias preguntas, al por qué de la existencia de Aron, mi carencia de autocontrol sobre él y sus actos. ¿Hacía Aron lo que en realidad no me atrevía a hacer yo?

Se compadecen de mí, lo sé. Pero yo me compadezco de ellos, por ser incapaces de entender que así somos felices, mucho más que ellos, con sus hijos, sus casas, sus trabajos, y esa vida que consideran normal, pero que no es más que insípida y vacía, y sobre la que no tienen ningún tipo de control. Sin embargo yo, soy dueña de todo, dueña de ser amada cuando quiera y como quiera, de levantar el mundo que quiera a mí alrededor, de ser quien quiera ser. ¿Qué importa si es real o no? Y de nuevo, el botón de mi cabeza se apaga, y todo comienza de nuevo.

–Nunca nos entenderán –me susurró, acostado en la cama a mi lado, mientras me colocaba el pelo detrás de la oreja.
–Lo sé.
–No voy a irme. Jamás te abandonaré, porque estoy enamorado de ti como el primer día. Seguiré enseñándote cosas, cuidándote y no permitiré que te sientas sola nunca más.
Sonreí. Escuché de nuevo el sonido de la lluvia chocando contra mi ventana. Era realmente relajante. No podía imaginarme una situación mejor. Volví a sentirme a salvo, porque él estaba a mi lado, y no volvería a dejarme. ¿Qué podía ser el amor, sino eso? Y, antes de sucumbir ante los brazos de Morfeo, escuché de nuevo el sonido de su voz.
–Hasta que la muerte nos separe.

6 comentarios:

  1. Hola Andrea! Quería decirte que me encanta la temática de tu blog, creo que es muy original y está bueno leer sobre todas estas cosas de vez en cuando.
    Por cierto, te sigo :)
    ]Un beso enorme. Chloe♥

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    1. Muchas gracias, Chloe. He visto tu blog, felicidades por lo que haces, me hago seguidora también. Un saludo

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  2. un historia muy buena. no me esperaba el final

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  3. Muchas gracias, me alegro que te gustara.
    Saludos :)

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  4. Me ha encantado, no me lo esperaba.
    Forma parte de tu libro o es un relato independiente que has escrito para el blog?

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    1. Es un relato aislado que no forma parte del libro.
      Me alegro que te haya gustado, un abrazo.

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